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¿LOS RECUERDOS?… CON SIFÓN POR FAVOR.

sifonHay imágenes, incluso escenas completas, que se esculpen en la memoria a golpe de cincel, y permanecen allí, inmunes a la erosión del almanaque. No son recuerdos de esos con los que nos despertamos cada día, como la primera vez que nos enamoramos, no. Pero son de los que a pesar de los años que transcurren, están siempre ahí, agazapados, a la espera de un pequeño estímulo que los hace aflorar.

Un sonido, un olor, una palabra, pueden ser el detonador para que, acompañados de fanfarrias y timbales, hagan una entrada triunfal en nuestro consciente…

Una de esas evocaciones, en mi caso, es el sonido del sifón de soda, el gorgoteo del líquido emanando por la boquilla; la perfecta onomatopeya del silencio, es el resorte que me traslada, a mi infancia, de la mano de mi tío Luciano, al bar del Maño.

Entrar en esa tasca, suponía para mí, el mismo efecto que me proporcionaban las aventuras de Los Cinco, a Enyd Blyton le debo mi amor por la lectura.

Era ingresar en un universo fascinante, asombroso, en el que se mezclaban los olores pringosos, con las blasfemias persignadas, las toses de picadura liada y la falsa carcajada de algún corazón roto.

Mi tío Luciano, que era respetado por todos los que acudían a aquel centro de refugiados del porvenir, me llevaba de la mano hasta alguna mesa, no siempre era fácil encontrar una libre, en ellas se prodigaban épicas timbas de tute, en las que se cantaban las cuarenta, con naipes barnizados en mugre, donde los grasientos y ajados dedos de los tahúres, quedaban aferrados como garrapatas ebrias de sangre.

Uno de aquellos personajes, ejercía en mí una atracción casi reverencial, José Ribelles Setcases, por todos conocido como Toro Sentado.

Toro Sentado era el prototipo de estibador portuario, pero a mí me parecía estar delante del auténtico Long John Silver en su taberna de Bristol. La diferencia es que este pirata no tomaba ron amorrado a la garrafa, el mío se emborrachaba con vermut rojo, por supuesto con sifón.

Nunca supe a ciencia cierta, el porqué de su apodo, unos decían que por el tono cobrizo de su piel, otros aseguraban que porque cuando se anegaba de alcohol, declamaba en el lenguaje de los sioux, ya que nadie le entendía, pero los más atrevidos, juraban en voz baja, que el sobrenombre se lo habían puesto por los cuernos que le pintó su mujer, cuando se fugó con un marinero polaco. Toro Sentado tenía en su mirada esa mezcla de dureza y melancolía, propia de los antihéroes, ese sabor intensamente amargo, de los que han vivido mostrándole la dentadura al mundo y escondiéndole el llanto a su soledad.

A Toro Sentado le enterraron el mes pasado, se fue de este mundo de viejo, pero se había muerto hace muchos años, cuando lo bautizaron con el apodo del jefe indio, cuando se dejaba el futuro en las mesas del bar del Maño, cuando a chorro de sifón en el vaso de vermut rojo, escondía la herida profunda de la traición.

En mi memoria siempre será mi Long John Silver particular, la mirada dura y melancólica que me sirve de inspiración cuando imagino el antihéroe de mi próxima novela.

No tengo vermut rojo para poder brindar por todos los personajes del bar del Maño, por mi tío Luciano que me abrió la puerta de ese mundo, pero tengo sifón, y cuando accione la palanca para llenarme un vaso, escucharé esa música evocadora, esa perfecta onomatopeya del silencio, que me transportará de nuevo a ese universo fascinante, asombroso, en el que se mezclaban los olores pringosos, con las blasfemias persignadas, las toses de picadura liada y la falsa carcajada de algún corazón roto.

Porque en mi caso, ¿los recuerdos?…con sifón por favor.

Ángel Descalzo, 10 de abril de 2013

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3 pensamientos en “¿LOS RECUERDOS?… CON SIFÓN POR FAVOR.

  1. Está súper lindo este relato, aunque me faltó una descripción muy importante del uso de este artefacto… puedes preguntárselo a la Yaya. Besos.

  2. Estoy descubriendo estas cosas de antología tuyas. Todos tenemos un Long John Silver, un Ned Land o un Nils Holgersson particular. La manera en que lo describes es lo importante. Escribes con las entrañas.

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