CON LA CABEZA BIEN ALTA (microrrelato)

(Con mi cariño, para la Plataforma de Afectados por la Hipoteca)Antique_Toilet1 (1)

 

—¡Calla y arregla de una vez la cisterna del váter, que gotea!

—Me callo, pero tu obsesión de poner la otra mejilla, la estás llevando demasiado lejos Herminia.

—No es obsesión, así nos educaron nuestros padres, siempre con la cabeza bien alta.

—No se lo merecen Herminia, no se lo merecen.

—Tienes razón, pero aunque no se lo merezcan, entregaremos la casa como Dios manda.

—¡Ay! ¿Por qué se nos ocurrió firmar el dichoso aval?

—No me vengas con esas ahora Remigio, sabes perfectamente que por nuestros hijos, lo volveríamos a hacer.

Ángel Descalzo, 13 de Abril de 2013

¿LOS RECUERDOS?… CON SIFÓN POR FAVOR.

sifonHay imágenes, incluso escenas completas, que se esculpen en la memoria a golpe de cincel, y permanecen allí, inmunes a la erosión del almanaque. No son recuerdos de esos con los que nos despertamos cada día, como la primera vez que nos enamoramos, no. Pero son de los que a pesar de los años que transcurren, están siempre ahí, agazapados, a la espera de un pequeño estímulo que los hace aflorar.

Un sonido, un olor, una palabra, pueden ser el detonador para que, acompañados de fanfarrias y timbales, hagan una entrada triunfal en nuestro consciente…

Una de esas evocaciones, en mi caso, es el sonido del sifón de soda, el gorgoteo del líquido emanando por la boquilla; la perfecta onomatopeya del silencio, es el resorte que me traslada, a mi infancia, de la mano de mi tío Luciano, al bar del Maño.

Entrar en esa tasca, suponía para mí, el mismo efecto que me proporcionaban las aventuras de Los Cinco, a Enyd Blyton le debo mi amor por la lectura.

Era ingresar en un universo fascinante, asombroso, en el que se mezclaban los olores pringosos, con las blasfemias persignadas, las toses de picadura liada y la falsa carcajada de algún corazón roto.

Mi tío Luciano, que era respetado por todos los que acudían a aquel centro de refugiados del porvenir, me llevaba de la mano hasta alguna mesa, no siempre era fácil encontrar una libre, en ellas se prodigaban épicas timbas de tute, en las que se cantaban las cuarenta, con naipes barnizados en mugre, donde los grasientos y ajados dedos de los tahúres, quedaban aferrados como garrapatas ebrias de sangre.

Uno de aquellos personajes, ejercía en mí una atracción casi reverencial, José Ribelles Setcases, por todos conocido como Toro Sentado.

Toro Sentado era el prototipo de estibador portuario, pero a mí me parecía estar delante del auténtico Long John Silver en su taberna de Bristol. La diferencia es que este pirata no tomaba ron amorrado a la garrafa, el mío se emborrachaba con vermut rojo, por supuesto con sifón.

Nunca supe a ciencia cierta, el porqué de su apodo, unos decían que por el tono cobrizo de su piel, otros aseguraban que porque cuando se anegaba de alcohol, declamaba en el lenguaje de los sioux, ya que nadie le entendía, pero los más atrevidos, juraban en voz baja, que el sobrenombre se lo habían puesto por los cuernos que le pintó su mujer, cuando se fugó con un marinero polaco. Toro Sentado tenía en su mirada esa mezcla de dureza y melancolía, propia de los antihéroes, ese sabor intensamente amargo, de los que han vivido mostrándole la dentadura al mundo y escondiéndole el llanto a su soledad.

A Toro Sentado le enterraron el mes pasado, se fue de este mundo de viejo, pero se había muerto hace muchos años, cuando lo bautizaron con el apodo del jefe indio, cuando se dejaba el futuro en las mesas del bar del Maño, cuando a chorro de sifón en el vaso de vermut rojo, escondía la herida profunda de la traición.

En mi memoria siempre será mi Long John Silver particular, la mirada dura y melancólica que me sirve de inspiración cuando imagino el antihéroe de mi próxima novela.

No tengo vermut rojo para poder brindar por todos los personajes del bar del Maño, por mi tío Luciano que me abrió la puerta de ese mundo, pero tengo sifón, y cuando accione la palanca para llenarme un vaso, escucharé esa música evocadora, esa perfecta onomatopeya del silencio, que me transportará de nuevo a ese universo fascinante, asombroso, en el que se mezclaban los olores pringosos, con las blasfemias persignadas, las toses de picadura liada y la falsa carcajada de algún corazón roto.

Porque en mi caso, ¿los recuerdos?…con sifón por favor.

Ángel Descalzo, 10 de abril de 2013

PINALOCOTECA (microrrelato)

el caballero de la mano en el pecho—¡Y tú para de leerme la mente, maleducado! O ahora mismo te borro la mano del pecho y la pinto sobre tus ojos —susurró hacia su frente señalando con el dedo índice.

El nuevo vigilante de la sección de pinturas de El Greco, se le iba a acercar, pero un compañero más veterano se lo impidió tomándole del brazo.

—No te preocupes, cada día lo verás por aquí, ayer se creía Goya y regañó a Saturno por mirarle el escote a una turista.

Ángel Descalzo, 6 de abril de 2013

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EL POTRO JAROCHO

Nunca me han gustado los archivos, mejor dicho, detesto sumergirme en ellos, y cuando me refiero a la palabra archivos, incluyo en el término, armarios, cajones y en general elementos que lleven implícito el orden en su ADN.

La excesiva organización es inversamente proporcional, al placer de sonreír a lo inesperado.

Uno de mis pequeños deleites, es reencontrarme con viejas fotografías, guardadas de forma anárquica, dentro de una caja metálica, que en un tiempo pretérito contuvo un delicioso arsenal de tentadoras galletas de mantequilla.

Anoche estaba enfrascado en ese entretenimiento, mientras el cenicero se llenaba de colillas con la misma intensidad que mis ojos se humedecían por el recuerdo de lo vivido y por la ausencia de los que partieron. El orden aleatorio, me permitía pasar del leve suspiro en blanco y negro, a la amplia sonrisa a todo color. Precisamente una de esas sonrisas, la produjo una instantánea tomada en el tiempo que vivía en Francia, prefiero omitir datos en relación a la población en donde residía, especialmente para evitar consecuencias posteriores; no me gustaría encontrarme, a esta altura de mi vida y después del tiempo transcurrido, teniendo que dar explicaciones, posiblemente embustes, a algún acreedor olvidado o quién sabe si algún esposo ultrajado.

En la foto aparecemos cinco amigos, la flor y nata de la inmigración latinoamericana en tierras galas; el lagarto, el culebra, el chueco, el potro y un servidor, los cinco en actitud casi religiosa, levantando el cáliz de, en esos tiempos, nuestra única fe; el trago.

Cada uno de mis amigos tiene una o varias historias, que dan para escribir toda una saga de novelas, sin duda las tendrían que colocar en las estanterías de ciencia-ficción o esoterismo, de la osada librería que se atreviera a ofrecer esa lectura a sus clientes.

Pero el recuerdo, que es caprichoso y selectivo, se fue a una anécdota que vivimos en carne del potro.

Remigio Guijarro Tzompantli, que así se llama mi amigo, aterrizó desde su Veracruz natal, a mediados de un gélido mes de enero, en la alpina región de la Dauphiné. Como así nos confesó posteriormente, cuando despegó de la Ciudad de México, no tenía ni la más repajolera idea, de adónde iba, ni qué se encontraría, en su arriesgada aventura de estudiar un postgrado en física en un país con un idioma, completamente extraño para él.

Remigio, se pasó los primeros días de estancia en Francia, solucionando un sinfín de obligaciones burocráticas, nada ajenas para los que, como yo, sabemos lo que es vivir lejos de nuestro país. Eso le mantuvo ocupado y hasta que no acabó, no asumió la soledad del recién llegado. Afortunadamente conoció las mieles del Papaya Bar, el centro de reunión, de los hispanohablantes que residíamos en aquella fría ciudad al pie de los Alpes.bouteille-de-rhum-trois-rivier

Para no hacer el cuento demasiado largo, diré que, en el Papaya Bar, además de rendirle pleitesía a la botella de ron antillano Trois Rivières, manténgase fuera del alcance de los paladares mínimamente educados, teníamos la posibilidad de movernos al ritmo de la música tropical, aferrados con mayor o menor destreza, a algún contorneado cuerpo femenino, en su mayor parte, francesas ávidas de la exótica diversión que proporcionaban, con natural encanto y escasos modales, los varones latinos que acudíamos al local.

Remigio, como el bebé que nace de pie, cayó en nuestro regazo, como el náufrago se aferra al tablón, y por primera vez después de varios días de taciturno rictus, consiguió aflorar la luz a su rostro y el espasmo en su vientre producto del destilado de caña martiniqués.

Estaban los compases de salsa en su máximo esplendor, cuando se acercó a mí una de las francesas habituales en este antro, mademoiselle Valérie Chamrousse, una divorciada treintañera, abogada de profesión, de piel blanca y monedero lleno, que tras su burguesa sonrisa, me preguntó sobre nuestra reciente adquisición en el catálogo varonil del Papaya Bar.

–Se llama Remigio Guijarro Tzompantli –le dije en mi refinado acento francés del sur…de los Pirineos.

–¿Comment? –la mandíbula inferior de mademoiselle Chamrousse, perdió su estabilidad, proporcionándome un estupendo panorama de sus amígdalas.

– Il s’appelle Remigio Guij…le potro, il s’appelle le potro–.

Ni en siete generaciones de francesas damiselas burguesas, posteriores a la Chamrousse, hubieran sido capaces de pronunciar con mediana corrección el nombre y los apellidos de mi amigo mexicano.

Intenté advertir a mi interlocutora, de las dificultades de comunicación verbal que tendría con Remigio, no importó, en un abrir y cerrar de ojos la Chamrousse estaba en la pista de baile, de la mano del potro, en una extraña danza en la que se mezclaban los  pasos de minuet y de son jarocho. Instantes después, les vimos entregados a una sorprendente plática, con los decibelios de la música y las dificultades idiomáticas de ambos, todos juramos que, como su baile, deberían mezclar el precio de las acciones de Crédit Agricole, con las quesadillas de chicharrón. Pero el asombro fue mayúsculo, cuando los vimos desaparecer por la puerta del local diez minutos después.

A mis amigos y a mí, sólo se nos ocurrió brindar con el enésimo trago de Trois Rivières al grito de ¡Viva México cabrones!

Acabada la velada salsera, como a menudo hacíamos, nos quedamos en el bar, ya cerrado al público en general, tomando la penúltima y aún atónitos con las dotes seductoras de nuestro nuevo compañero, me río yo de Cyrano, estrujándose los sesos para rimar cuartetos en honor a su amada Roxana, una sonrisa y dos pasos de son jarocho fueron suficiente argumento para seducir a la burguesa abogada de piel blanca y monedero lleno. Estábamos disertando sobre el misterio femenino, ilusos, cuando oímos que aporreaban la puerta del bar, saltamos de nuestras sillas al comprobar que quién lo hacía era el mismísimo potro jarocho, despeinado y en camiseta, cuando la temperatura exterior no debería superar los tres o cuatro grados centígrados. Cuando conseguimos calmarlo, nos explicó que la Chamrousse se había desmayado en la cama, una atronadora ovación por parte de la camaradería fue la respuesta, pero el potro se puso a gritar como loco.

–¡No mamen cabrones, está sacando espuma por la boca!

Remigio Guijarro Tzompantli, tuvo su primera experiencia amorosa en Francia, con una epiléptica, sin saber medicina, sin saber hablar francés y esas experiencias, sin duda, marcan de por vida, él no fue una excepción.

Mi amigo el chueco habló con su esposa, doctora en medicina, quien atendió a la mademoiselle Valérie Chamrousse y por fortuna todo quedó en un simple susto. Nunca sabré qué pasó por la cabeza del potro, cuando entregado a sus embates amorosos, provocó un ataque de epilepsia a su partenaire. Lo que sí sé, es que mademoiselle Chamrousse, se convirtió en madame Guijarro, también estoy seguro, que a pesar del tiempo transcurrido sigue sin saber pronunciar su apellido de casada.

Volví a colocar, por orden de caída, las fotografías en la caja metálica, que alguna vez contuvo un delicioso arsenal de tentadoras galletas de mantequilla, hasta la próxima vez en que pueda sonreír por encontrar lo inesperado.

                                                                                          Ángel Descalzo, 3 de abril de 2013