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DE ABANICOS Y ZAPATOS DE CHAROL

pareja danzonLa baqueta se precipitó sobre el tenso cuero del timbal; uno… pausa, dos… pausa, tres, cuatro, cinco, seis, redoble. Giré la cabeza hacia el escenario, en el instante en que los instrumentos, como diría el maestro –descuadrados – porque para el maestro, que en eso era excesivamente puntilloso, la mayoría de orquestas, orquestinas, bandas y demás conjuntos musicales, casi siempre tocaban descuadrados; arrojaban sus primeros acordes en dirección de la pista de baile, del Salón Los Ángeles. El sonido de los abanicos se emulsionaba con los primeros compases de la música, sin desequilibrio, haciendo parte imprescindible del ritual. Basta con cerrar los ojos y escuchar los matices que componen la totalidad del conjunto. Los pies envueltos en charol, se deslizaban sobre la duela, enriqueciendo la melodía de las notas débiles y respetando con matemática reverencia, la aparición en cada compás de las fuertes. El aleteo de los abanicos acariciando los alientos de los danzantes, convertía la atmósfera en un fluido único, común, familiar, como si todos se hubieran sentado alrededor de una majestuosa olla, para compartir el mismo alimento. Las miradas, las sonrisas, los saludos con un elegante movimiento de cabeza, tienen su propio sonido, que se entremezcla silenciosamente con la melodía.

–Fíjate bien en las parejas bailando –me dijo el maestro –fíjate bien, el danzón es como las matemáticas, pero sin trigonometría, no hay ángulos, ni vértices, ni aristas que puedan rasgar los movimientos de los que se dejan llevar impulsados por la cadencia, todo se basa en la elegancia del arco y la circunferencia, respetando la métrica que se dibuja en los pentagramas de la partitura. Observa sus movimientos, se asemejan a un pedazo de mar, en el que las olas han sido trazadas con la ayuda del compás y el transportador, pero como si el dibujante tuviera principio de Parkinson, es deliciosamente imperfecto.

Mira la pareja de jóvenes que baila a nuestra izquierda, él está exhibiendo ante los demás a su compañera de baile, en el fondo hay cierto aire de provocación hacia los otros hombres, durante cuatro minutos es mía y lo muestro ante todos, él sabe que no es cierto, que durante cuatro minutos, si quiere volver a bailar con ella, deberá utilizar movimientos a gusto de la fémina. Pero ya sabes que a los hombres nos cautiva, de vez en cuando, sentirnos poderosos ante los demás… puro teatro. Ella a diferencia de su pareja, se exhibe ante mujeres y hombres, buscando ese equilibrio entre la sensualidad y la elegancia, que no siempre es fácil de conseguir, la línea que delimita lo vulgar o lo aburrido es peligrosamente delgada, si no se sabe mantener en ese punto de equidistancia, posiblemente la tachen de ramera exhibicionista. También hay un grado de envidia, si yo hubiese sido mujer, en un momento así, me hubiera gustado sentirme Rita Hayworth interpretando a Gilda, o Marilyn Monroe parada sobre las rejas de ventilación de la calle.

Al final, en el baile, llega un momento que nos quitamos la máscara y enseñamos lo que somos, lo que nos diferencia es la dignidad con que mostramos nuestros apellidos.

La orquesta danzonera, remató con el último acorde el danzón con el que concluía el baile en el Salón Los Ángeles, todos los presentes fueron desfilando hacia la salida, volví a cerrar los ojos y repasando las palabras de mi maestro, quedaron en mí dos sonidos inconfundibles, que evocan la personalidad del danzón, la melodía de los abanicos y los zapatos de charol.

Ángel Descalzo, 25 de marzo de 2013

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4 pensamientos en “DE ABANICOS Y ZAPATOS DE CHAROL

  1. “De abanicos y zapatos de charol” está coreografiado con una precisión insuperable. Es tu forma de describir los más mínimos detalles sin que sobre nada. Tu forma de abrirnos la puerta y darnos una lupa gigantesca para que veamos cosas que no hubiéramos poder ver solos. Precioso.

    • Para los que nos gusta, de vez en cuando, observar la vida, un baile danzonero te inspira una enorme cantidad de historias, teñidas de cadencia, de color, de sabor, de olor, de vida… Gracias, Fidel, siempre generoso con mis textos.

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